Incluso estando sentada a la mesa de estudio con los auriculares puestos, soy capaz de oír la lluvia golpeando con furia los tejados de uralita de los patios de la planta baja. De vez en cuando se oye algún trueno lejano.

Me quito los auriculares, dejo el MP3 sobre la mesa, y me salgo para el salón. Mi padre ya está junto a la cristalera del balcón, viendo cómo la lluvia castiga a la ciudad. Llueve tan fuerte, y caen gotas tan grandes, que casi parece granizo.

Los dos contemplamos en silencio el hermoso espectáculo. Al cabo de un rato, mi padre abre la cristalera y ambos empezamos a respirar, sonriendo, el olor de la tierra mojada. Voy descalza, como siempre, y la lluvia cae, en una trayectoria sesgada por el viento, hacia el interior de la terraza; noto cómo algunas gotas salpican mis pies.

Una pareja corre por la acera, probablemente vuelven de ver el partido del Mundial de algún bar. La chica se ha quitado su chaquetilla de entretiempo, y ambos la usan como paraguas improvisado, apretujándose bajo ella para mojarse lo menos posible. El chico se resbala en las baldosas mojadas y se cae, se pone perdido de agua, mientras la chica se ríe mirándole. Después ella mira a su alrededor rápidamente y, al no ver a nadie cerca, arroja la chaquetilla a un lado y se lanza sobre el chico. Ambos se funden en un abrazo, rodando literalmente por la acera, empapados de lluvia y de amor, envalentonados, pensando que nadie les está mirando.

Mi padre se ríe por lo bajito, y me señala una de las ventanas del piso de enfrente. Veo a una señora, ya entrada en años, que está abriendo su ventana sin perder de vista a la parejita. La mujer saca valientemente medio cuerpo fuera, al parecer ajena a la furia de la lluvia, y grita:

—¡Pervertidos! ¡Ese no es sitio de hacer cochinadas!

Los dos jóvenes miran hacia arriba en la lluvia; dudo mucho que vean nada desde ahí abajo, pero recogen la chaqueta de la chica y se van, a paso ligero, cogidos de la mano.

Mi padre se marcha de mi lado, y yo me quedo aún mirando la calle, con la cristalera abierta. Ahora llueve con menos fuerza; casi podría decir, si creyera en el destino, que la pareja se ha llevado consigo el ímpetu de la lluvia.

Cierro la cristalera y me dirijo a la cocina a buscar la fregona: el suelo se ha mojado un poco, y hay que recoger el agua. A veces es incómodo volver a la vida real.


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